domingo, 17 de diciembre de 2017

Diciembre: mes de Pablo de la Torriente Brau

Por Víctor Casaus

Este mes de diciembre de 2017, el día 12, se cumplen 116 años del nacimiento de Pablo de la Torriente Brau en San Juan, Puerto Rico. Este mes de diciembre, el día 19, se cumplen 81 años de su caída en combate, en Majadahonda, España, defendiendo la República agredida y enfrentando el naciente fascismo.

Esas fechas explican el sentido del título de esta crónica pabliana, iniciadora de un pequeño ciclo que publicaré en las próximas semanas, quizás meses. Esas crónicas alternarán –o se unirán– a otras que escribo o he escrito en tiempos recientes: las crónicas desde el sur con experiencias, noticias, visiones desde Argentina y sus territorios adyacentes, y las crónicas del día a día en las que trato de lidiar desde la palabra con la cotidianidad circundante, y que incluyen, por supuesto, la crítica necesaria a lo mal hecho y a lo peor pensado: dos males que van ganando terreno, a veces con prisa pero lamentablemente sin pausa, entre nosotros, poniendo en peligro sueños largamente soñados –algunos no siempre o no totalmente alcanzados– y abriendo brecha al desánimo, la desidia, la corrupción y otros jinetes de un apocalipsis que algunos vaticinan, otros azuzan y otros temen.

Las fechas incluidas en el primer párrafo explican, decía, el sentido del título de esta crónica. Y me parece útil que cumpla esa función aclaratoria para que no se vaya a dar al título de marras un sentido que de ninguna quiere tener: ese que apunta a la efeméride como un mecanismo repetitivo y cíclico que, cuando se maneja deficientemente por los medios de comunicación, termina cumpliendo un objetivo opuesto a la noble intención que muchas veces las impulsa: alejan al receptor o la receptora de la fecha o la figura homenajeada. Porque las efemérides tienen, efectivamente, un peligroso doble filo: por un lado, es cierto, pueden servir para resaltar valores o hazañas entrañables y ejemplares o pueden convertirse, si se las usa con torpeza o ensañamiento, en su contrario. Ese modo erróneo de manejarlas produce la falsa percepción de que la historia es simplemente –sí, simplemente– una sucesión interminable y a veces previsible de efemérides galopantes. Esa es otra forma de decretar o producir el fin de la historia.

Pero estamos hablando aquí, por suerte, de alguien que es la negación rotunda y vivaz de lo dicho anteriormente: Pablo de la Torriente Brau, quien vivió su vida corta e intensa sobre el filo del compromiso creciente con la lucha sin abandonar el humor acompañante ni la capacidad ejercida junto a otros compañeros de generación, como Raúl Roa, de analizar la historia, la política, la vida, con cabeza propia y corazón sensible y ardiente. Me parece bueno y útil recordar estas cosas sobre todo después de leer loas implacables, adjetivos –los mismos– distribuidos a granel, elogios despiadados, hacia quien vio la lucha como algo natural y propio, sin abandonar, como decía, el humor imprescindible. Por eso explicó así, en carta desde Nueva York a sus compañeros de lucha que habían regresado a Cuba desde el exilio, aprovechando las rendijas de una frágil amnistía, los orígenes de su decisión de irse “a España, a la revolución española”, después que “la idea hizo explosión en mi cerebro, y desde entonces está incendiando el gran bosque de mi imaginación”:

Ustedes me han confundido un poco con un organizador o algo por el estilo. Muy lejos estoy de ello, a mi más profundo y sincero juicio.  A España tal vez vaya en busca de todas las enseñanzas que me faltan para ese papel, si es que alguna vez puedo dar de mí algo más que un agitador de prensa.Y no me arrastra ninguna aspiración de mosquetero. Voy simplemente a aprender para lo nuestro algún día. Si algo más sale al paso, es porque así son las cosas de la revolución. Como si me vuelve cojo una granada.

Así, con sus palabras –las buenas y “las malas”– escribió aquel “mocetón alto, de musculatura atlética, pelo oscuro, frente dilatada, voz grave, mentón altivo, sonrisa franca, mirada diáfana y jocundo talante" (como lo recordaba su amigo entrañable Raúl Roa) la crónica periodística  más completa de la fallida revolución del 30 y reunió, en sus papeles escritos durante sólo tres meses en la contienda española, uno de los testimonios más intensos, humanos y estremecedores de lo que después se denominaría la guerra civil española.

A los dos meses de llegar al escenario de la guerra, cuando las fuerzas golpistas estrechaban día a día el cerco de Madrid, Pablo decide hacerse comisario de guerra del ejército republicano. Él mismo lo narra en una de sus cartas, escrita el 11 de noviembre:

Por lo pronto, mi cargo de comisario de guerra con Campesino acaso sea un error desde el punto de vista periodístico, puesto que tengo que permanecer alejado de Madrid más tiempo del que debiera, pero, para justificarme plenamente, comprenderás que en estos momentos había que abandonar toda posición que no fuera la más estrictamente revolucionaria de acuerdo con la angustia y las necesidades del momento.

Aquella decisión magnífica de Pablo ha sido interpretada por algunos, según hemos vuelto a leer en estos días de efeméride, como el “abandono” definitivo de la pluma a favor del necesario fusil, como si ambas proyecciones, ambos oficios, no pudieran alcanzar, en algunos casos, valores semejantes. Comentaristas de estos días parecen a veces regocijados con la idea de ese “abandono” de la labor periodística: es la visión maniquea, en blanco y negro, de la situación y sobre todo del protagonista, cuya personalidad y pensamiento rechazaban toda visión simplista de la realidad, de la vida personal y de la historia. Por eso es el propio Pablo quien responde desde entonces, en la línea siguiente de la carta citada:

Más adelante, cuando mejore sensiblemente la situación, abandonaré este cargo y podré maniobrar más libremente.

Si hubiera llegado ese momento –y no la muerte en combate el 18 o 19 de diciembre–, Pablo quizás habría escrito aquel libro que anunció en las notas de sus cuadernos de guerra. Se titularía La leche de Buitrago y se centraría probablemente en lo que vio y vivió en Buitrago de Lozoya, 70 kilómetros al norte de Madrid, donde se estableció el frente desde las primeras semanas del alzamiento cuando los improvisados milicianos del Quinto Regimiento, al mando de oficiales como Francisco Galán o Valentín González, el Campesino, paralizaron la ofensiva franquista rumbo a Madrid, que ya parecía indetenible. En las trincheras de ese pueblo Pablo, el primer periodista que había subido hasta allí, según le comentaron los jefes militares de la zona, fue la voz de América, polemizando con el enemigo, de parapeto a parapeto, a viva voz y con argumentaciones y pasión tales que los propios adversarios terminaban gritando desde las trincheras opuestas: ¡Que hable el cubano!

Pablo no pudo escribir aquel libro anunciado pero crónicas como las del parapeto, unidas a catorce cartas enviadas desde España, fueron reunidas en la primera edición de Peleando con los milicianos, el libro que sus compañeros financiaron y publicaron en México en 1938. La primera edición de ese libro hecha en Cuba, en el año 1962, mutiló, sin sonrojo, algunas cartas y crónicas de Pablo para que no apareciera el nombre de el Campesino, aguerrido, intuitivo y contradictorio jefe militar republicano que derivó, después del fracaso español y de su exilio en la Unión Soviética, hacia la corriente ideológica del trotskismo. Esa burda operación castradora se repitió –mecánica o intencionadamente, todo es posible– en la segunda edición cubana 25 años más tarde. Los textos escritos por el cronista en España, más las cartas neoyorquinas donde explica su decisión y se comentan las arduas gestiones hechas para poder trasladarse a España, fueron reunidos, respetando su contenido original, como corresponde, por Ediciones La Memoria del Centro Pablo en el año 1999.

Ese respeto a la verdad histórica –que otro testimoniante mayor, Ernesto Che Guevara, califica como imprescindible en una de sus agudas cartas de la década del 60 del pasado siglo– ha estado siempre presente en los trabajos y las valoraciones que el Centro Pablo ha realizado –y seguirá realizando– acerca de hechos, figuras y situaciones de la historia cubana: no hay otra manera de ser consecuente con la memoria del cronista que da nombre a la institución. De él hemos aprendido –y compartido después– su visión humana, completa y compleja, revolucionaria de valorar la figura del héroe en la historia, en la vida, que se expresa con emotiva elocuencia y pasión en el artículo que escribió en Nueva York para recordar la caída de Antonio Guiteras y el internacionalista venezolano Carlos Aponte en El Morrillo, Matanzas, ocurrida en mayo de 1935:   


(Guiteras) tuvo, arrastrado por su fiebre, el impulso de hacerlo todo. E hizo más que miles. Y tenía el secreto de la fe en la victoria final (...) Tuvo también defectos. El día del castigo no hubiera conocido el perdón. Era un hombre de la revolución. Tampoco tuvo nada de perfecto.
Ellos fueron hombres de la revolución. Y ni me interesa ni creo en el "hombre perfecto".  Para eso, para encontrar eso que se llama "el hombre perfecto", basta con ir a ver una película del cine norteamericano.

Junto a esas enseñanzas de carácter ético que Pablo nos legó en su vida y en su obra se encuentran también, por supuesto, como puntos de partida para el análisis y el debate de su obra periodística y testimonial y de sus conceptos acerca de lo que debía ser un medio de comunicación revolucionario, muchos ejemplos respaldados por su labor incesante frente a la máquina de escribir, después de haber visto –o vivido, o ambas cosas– muchos de los sucesos que narró con palabras precisas y atractivas, cultas y populares a la vez. Ahí están, para mencionar sólo algunos, sus 105 días preso, su Tierra o sangre (Realengo 18) o su monumental Presidio Modelo, libro fundador del género testimonial moderno en nuestra literatura –y en zonas de la literatura hispanoamericana.

Para los que hoy nos preocupamos por el nivel, los alcances reales y los retos de nuestra prensa y de nuestros medios de comunicación actuales en general, creo que valen mucho las enseñanzas que pueden sacarse del párrafo que voy a compartir a continuación. Se trata del fragmento de una carta escrita en Nueva York a su hermano Raúl Roa y se refiere a la publicación clandestina Frente Único, que editaba O.R.C.A. (Asociación Revolucionaria Cubana Antimperialista), fundada por ellos junto a otros compañeros para combatir la dictadura de Batista-Caffery-Mendieta que desgobernaba a la Isla en aquellos momentos.

No me gustan elogios totalitarios.  Eso de que el periódico está estupendo no me interesa. Por bueno que quede, siempre hay que ver las mejorías a introducir. Ahora, con este material que me mandas estoy entusiasmado, porque tendrán nerviosismo, variedad, imparcialidad y agresividad. Todo eso hay que darle siempre, además de optimismo revolucionario hasta que se pueda. Y para ello, la nota vibrante, el insulto de vez en cuando, la ironía feroz y hasta la burla cruel y hasta popular […] son necesarias.  Con todo ello quiero decirte que me viene muy bien todo ese material que me envías; que voy a llenar de títulos el periódico, de vivacidad, de juventud revolucionaria que es lo que le falta a casi todos los almacenes de manifiestos en que se están convirtiendo los órganos revolucionarios. Y a otro asunto, carajo.

No viene nada mal ese final pabliano para iniciar este ciclo de crónicas. Aquí está. Aquí estamos.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Alfredo Guevara en el ejercicio de la crítica

Notas de Aurelio Alonso para una presentación 

Los que aquí estamos reunidos hoy participamos en la presentación de un libro importante (les pido perdón por este lugar común: siempre hay que decir que es importante), pero en este caso sería incluso un error dejarlo pasar como la mera recopilación de las críticas de cine del joven Alfredo Guevara, principalmente en el diario Hoy, órgano de los comunistas cubanos, cuando nadie imaginaba aún que dos amigos cercanos preparaban, para muy pronto, un alzamiento en armas que se volvería definitivo. Este libro se completa, además, de manera indisoluble, con el aporte de tres de sus compañeros más queridos y que mejor le conocieron: es obligado resaltar el descubrimiento en los archivos que Iván Giroud supo evaluar, el cuidadoso trabajo editorial de Camilo Pérez Casal y, de modo muy especial, el estudio introductorio de Manolo Pérez, además de cineasta importante –lo cual todos sabemos– hombre de pensamiento, como Guevara, a quien lo unió, como a los otros dos, una amistad entrañable. En su caso desde 1959 hasta que falleció. Todo esto integrado hace que no solo se trate ahora del rescate de sus primeros trabajos, sino que sea además un libro clave para entender la grandeza de una de las cabezas verdaderamente enriquecedoras del pensamiento de la Revolución Cubana.

La lectura de estas reseñas me motivó a recordar dos episodios pasados de mi vida. A finales de 1963, recién terminaba yo de impartir mi primer año de clases en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana –dentro del más rancio canon manualista soviético, claro está– y recuerdo que un viejo comunista –un clásico hombre de partido– me pidió, sin tapujos, mi opinión sobre la polémica que se había levantado a partir del cine, entre Blas Roca y Alfredo. Yo buscaba en vano una respuesta evasiva porque me sentía identificado con criterios de Alfredo, pero el tejido en que se había iniciado mi formación ideológica no me permitía ignorar la impresión de lo que la gran figura del comunismo cubano significaba. Y mi interlocutor, a quien acababa de conocer, un militante sencillo, pero muy despierto, fijó su posición sin esperar mi respuesta. “Chico –me dijo– pues yo estoy de acuerdo con Alfredo Guevara, porque él es el que sabe de cine. Blas debe haber ido al cine cuatro o cinco veces en su vida, a ver Así se forjó el acero, La caída de Berlín, Cuando vuelan las cigüeñas, La infancia de Iván y para de contar”. Aclaro que lo decía con respeto hacia aquel hombre a quien admiraba mucho. Según me contó, sus puntos de vista eran objeto del reproche de sus viejos camaradas de partido. Aquella experiencia me hizo pensar y se grabó en mi memoria.

De los mismos días también recuerdo el intercambio con otro militante, un “cuadro” más importante por sus responsabilidades, universitario, más ilustrado en el plano teórico que el anterior, miembro del M-26-7, recién llegado al marxismo-leninismo con el paso radicalizador del proceso. En este caso, mi interlocutor se planteaba la disyuntiva de qué debía ser más importante para un comunista, si la “disciplina” o el “heroísmo”, y me explicó cómo había llegado a comprender, en su aprendizaje marxista, que la disciplina tenía que ser la virtud del revolucionario de nuestro tiempo por encima de cualquier otra. Confieso que no tenía yo “hierros” suficientes para responder a la altura de sus argumentos –ni estaba tan seguro de que no tuviera razón–, pero le dejé ver mis dudas por el dato casuístico de que encaramarse al yate Granma no había sido un acto de disciplina. Salió entonces a relucir el socorrido tema de las excepciones y por ahí acabo todo.

Acudo a estas dos vivencias –en la misma fecha, en el mismo lugar, en el mismo partido (PURSC en aquel tiempo)– en las cuales me percaté, al recordarlas con posterioridad, que cada uno de los interlocutores había hecho la reflexión que yo hubiera esperado del otro. Eran dos reflexiones de revolucionarios comprometidos en un proceso que seguía, por un camino sin precedente a una victoria insurrecta sin precedente. Comprometidos los dos, cada uno a su modo, en encontrar respuestas en la parte del nuevo camino se veían en trance de andar. El combatiente del 26 trataba de hallar las virtudes institucionalizables (por llamarle de algún modo) que el heroísmo no le garantizaba más allá de la vida de los héroes. Y con toda razón apuntó a la disciplina. Por otra parte el comunista se percataba de la necesidad de una inteligencia que corría el riesgo de ser bloqueada por la arbitrariedad de una rígida norma partidaria; pienso que se trataba en ambos casos de dilemas surgidos manera natural, como efecto de las dinámicas de integración creadas ya en aquel primer quinquenio de experiencia de cambio social.

Nos hallamos ahora ante un paquete de 83 artículos reveladores, que nos permiten conocer al joven Alfredo y la ruta de su pensamiento político y social. A través de aquellas críticas de cine y otras notas que dejan ver ya el oficio de la escritura profunda, la radicalidad de un compromiso, y un bagaje cultural sorprendente para su edad. Aunque a quienes le conocieron les puede suceder lo que a Camilo Pérez: la sensación de encontrar aquí a otro Alfredo, y asomando de distintas maneras también al que conocieron en el ICAIC, en el mundo del cine y el mundo cultural en el sentido más amplio. ¿Cuán a menudo podríamos sorprendernos  en la trampa de creer que potenciamos una convicción anteponiendo la frase “siempre he pensado que…”? Nadie ha pensado nada siempre. Todos atravesamos una infancia, crecemos y aprendemos a pensar cosas. Erramos mucho, acertamos algo, algunas ideas las retenemos unas y dejamos atrás o rectificamos otras, crecemos intelectualmente mientras estudiamos y crecemos más cuando aprendemos a someter a otros lo que pensamos y a no dejar de estudiar. Y en ese camino sin final, mientras más grande es un pensador más visible se debe hacer la hoja de ruta de su pensamiento y de su compromiso, de lo que dejó atrás y de lo que adquirió a cada paso.

Creo que una historia personal como la de Alfredo Guevara tampoco podemos reducirla a una ecuación tan simple como la superación de una mirada dogmática en una maduración heterodoxa lineal. Aunque ÉL siempre se reconociera en la herejía, porque comprendió temprano que la de Fidel era la gran herejía que le había faltado a las revoluciones que le precedieron. Las explicaciones binarias son insuficientes, pues siempre pasan por alto muchas cosas. Y la historia está llena de complejidades y de contradicciones. Quiero decir que en estos artículos se nos presenta el joven intelectual que asumía la posición más esclarecida que un estudiante de su edad podría asumir individuamente ante el sistema: la de una perspectiva socialista, dentro de la cual llegar al marxismo y a la integración institucional es también un signo de evolución, la meta de un momento. Y hacerse marxista y miembro del partido en un contexto anticomunista generalizado es mucho más que una herejía. Lo cual compartían con él otros miembros socialistas de la generación de Fidel y de Raúl (que había ingresado ya al PC), como Lionel Soto, Flavio Bravo, y otros. Destaco a los jóvenes comunistas de entonces, más cercanos a él en las posibilidades de asimilar la realidad de cambio que las generaciones de comunistas que les precedían.

Alfredo no parece haberse destacado dentro del partido por su docilidad y, como cuenta en su autobiografía, oportunamente incorporada por Manuel Pérez en su esclarecedor estudio introductorio, tuvo la suerte de encontrar apoyo en Carlos Rafael Rodríguez, el más brillante y culto de los marxistas “ortodoxos” (y recuerdo como él mismo se reconocía “original dentro de la ortodoxia”) para sacarle las castañas del fuego a Alfredo en sus confrontaciones con Mirta Aguirre. En febrero de 1956 Nikita Jruschov escandalizó al mundo revelando los crímenes de Stalin en su “Informe Secreto” al XX Congreso. Aquella revelación convulsionó a todo el movimiento comunista mundial, y al pensamiento de izquierda que se le aproximaba. Mirta dirigía, ya en la clandestinidad partidaria, los quehaceres culturales en la organización, con la asistencia de su hermano Sergio, el historiador, con menos luces y en consecuencia con menos recursos para ocultar que repetía lo que le orientaban, aspirando a la aceptación sumisa de “la verdad”. La disciplina, siempre la disciplina por encima de todo: el misterio de la fe, según el catecismo trentino, “la verdad que debemos creer aunque no podamos comprender”.

El Moncada fue definitorio para Alfredo: “Fidel le dio con este gesto un heroico vuelco al proceso”, ratifica en su autobiografía de 1962 para el partido, en tanto la dirección comunista de la época, sujeta a esquemas implantados por la III Internacional (o su sucedánea, la Cominform) “condenó el procedimiento o su oportunidad”. Alfredo, que se había mantenido en la organización apoyando e incentivando el apoyo a Fidel y al Movimiento vio llegada la hora de cortar su lazo formal con el PSP e incorporarse al M-26-7. El desembarco del Granma y la creación del foco guerrillero le daba rango de irreversibilidad a la lucha armada como única vía para derrocar la dictadura con el proyecto de justicia y equidad en un estado soberano, que quería el programa de Fidel Castro. Algunos de sus compañeros del PSP no lo entendían ni aprobaron su decisión. Violentaba con ella la disciplina partidaria. Lionel Soto, un marxista cultísimo que era su amigo, a quien Alfredo le dio a conocer razonadamente su decisión, y creyó que la había entendido aunque no la compartiera, cuenta en sus memorias medio siglo después, que rompió con él cuando Alfredo le comunicó su decisión de “abandonar la lucha”. Parece increíble pero así se interpretaba. Aunque el PSP cambió su posición a medida que avanzaba la lucha guerrillera, y terminó por incorporarse a ella como organización, no le perdonaban a Alfredo que no pusiera por delante la disciplina. No había espacio para el acto de lucidez política si no era algo que se hubiera traducido antes como orientación.

Pido disculpas por no haberles hablado de las reseñas contenidas en el volumen, pero no soy cineasta, y sobre todo, estoy convencido de que no era lo que mejor podía hacer en esta presentación.

Muchas gracias

La Habana, 13 de diciembre de 2017