viernes, 19 de agosto de 2016

Me gusta que circule el pensamiento

Democracia, medios de comunicación y realidades

Darío Machado / Cubadebate / http://www.cubadebate.cu/opinion/2016/08/18/democracia-medios-de-comunicacion-y-realidades/#.V7ebpmXgDzM
18 de agosto de 2016

La necesidad imperiosa de defender la soberanía y la independencia de la nación como condición sine qua non para construir, ampliar y profundizar nuestra democracia, desde nuestras raíces y según nuestros principios y tradiciones, requirió de la sociedad cubana en revolución la posposición de deseos, objetivos, propósitos y planes individuales y grupales, en aras de garantizar la posibilidad de construir una vida propia en todos los sentidos, en lo económico, lo social, lo político, lo cultural, un modo de vida propio, un modelo de democracia real y sostenible cubana, no digitada desde afuera, sino pensada y realizada desde y con el pueblo trabajador.

Luego de una larga puja de más de medio siglo con el Estado imperialista estadounidense y con la luz larga de la dirección de la revolución socialista Cuba obtuvo una victoria histórica, cuando el gobierno de los Estados Unidos reconoció en diciembre de 2014 que no pudo arrodillarla con las agresiones y la guerra económica y decidieron cambiar de táctica. Con ello se abrió una nueva etapa, mucho más difícil y complicada que se libra hoy y librará en lo adelante en el terreno de la economía nacional, pero sobre todo en el terreno de las ideas y los símbolos, del sentido de la vida, de la cultura.

Sostener esa victoria y seguir adelante sería imposible con un país fragmentado por intereses económicos y políticos corporativos y utilitarios, fácilmente absorbible por el capital y por el poder político estadounidense, plagado por el clientelismo y la politiquería, manejada por partidos políticos sin raigambre popular y con una prensa manipulada por intereses egoístas. Creer lo contrario es cuando menos una ignorancia supina.

Si hoy podemos discutir sobre nuestro presente y nuestro futuro es gracias a nuestra justa y justificada cultura de la resistencia, a la cohesión nacional anclada en el rumbo socialista de la construcción social. Pero sostener esa victoria y seguir adelante tampoco será posible sin una renovada mentalidad, sin una actividad revolucionaria transformadora, sin métodos y estilo nuevos en la labor ideológica y política y en la comunicación social.

La herencia cultural de nuestra historia revolucionaria no puede ser interpretada cabalmente hoy de otro modo que en clave socialista, mucho menos puede ser re-interpretada para arrimar la sardina a la brasa del liberalismo y desconociendo que la contradicción entre los intereses del poderoso Estado imperialista estadounidense y los intereses de la nación cubana, sigue vigente, y que en lo adelante adoptará nuevas y multiplicadas formas de revelación a las cuales es nuestro deber patriótico prestar la mayor atención.

Desconocer que las maneras existentes hoy de desinformar, confundir e influir tendenciosamente en cualquier sociedad con medios tanto públicos como secretos se han desarrollado y sofisticado a niveles impensables en la época de la república neocolonial y que esas capacidades son empleadas de las más diversas formas con fines de dominación es algo que solo pueden hacer los ignorantes o los malintencionados.

Adaptarse a las nuevas realidades no significa renunciar a nuestra historia, a nuestro legado, a los principios que son las armas ideológicas y políticas con las que la revolución ha defendido la seguridad, la independencia y la soberanía nacional de los cubanos, sino comprender que el mundo ha cambiado y está cambiando vertiginosamente y que sobrevivirán y tendrán éxito las ideas y los propósitos que sean capaces de renovarse sin perder su esencia.

La responsabilidad del periodismo

La sociedad espera que sus medios de comunicación cumplan con la responsabilidad de estar al servicio de sus necesidades de información, organizativas, educativas y culturales.

Cualquier persona o grupo que tenga la posibilidad de comunicar algo a través de los medios masivos de comunicación concentra en ese momento un poder de influencia multiplicado, con el que puede comunicar lo que considera noticioso, lo que decide informar, lo que quiere que otros oigan, lean y piensen, en fin las valoraciones que decide compartir con el público, a todo lo cual efectivamente tienen derecho las personas y los medios, siempre dentro de la ley.

Hay una diferencia entre la libertad de expresión, de pensar y hablar sin hipocresía, y la acción e intención de multiplicar los criterios propios a través de los medios masivos, de reclamar la atención y el tiempo de los demás, lo que convierte en un hecho macro-social una iniciativa personal o grupal. Es ahí donde corresponde a la ley jugar su papel regulador para asegurar la equidad dentro de las reglas socialmente consensuadas y legalmente establecidas. De ahí también los requerimientos profesionales y éticos en el ejercicio del periodismo.

Se trata también de considerar la actividad comunicacional de nuestros medios como un instrumento insustituible de promoción y defensa de nuestra cultura, nuestro modo de vida, nuestra independencia y soberanía nacional, un arma para contrarrestar la influencia múltiple de los símbolos y patrones del capitalismo neoliberal que busca hoy interpretar a su modo las transformaciones económicas en curso en la sociedad cubana y mimetizarse para identificarlas con las claves de su sistema, de su lógica fundada en el predominio absoluto de la propiedad privada.

Es la propiedad privada la que ha generado en la historia humana el afán de lucro, el interés individual y corporativo, el egoísmo, el consumismo y una desenfrenada competencia que ha dañado y enfermado la naturaleza y las relaciones sociales, en particular el ejercicio de la política y de la actividad comunicativa, y ha convertido a la democracia en muchos países en un chiste de mal gusto, y a escala internacional en objeto de la más perversa manipulación ideológica.

En Cuba, la responsabilidad de responder eficientemente a la agenda pública es compartida por periodistas, comunicadores, realizadores, directivos de los medios y también por el Estado y por el Partido, este último, por su calidad de fuerza dirigente superior de la sociedad cubana, calidad que le ha sido otorgada por mandato histórico, político y jurídico, carga sobre sus hombros la mayor responsabilidad.

Los medios de comunicación que son propiedad social constituyen una inversión de la sociedad cubana, de nuestros ciudadanos, no son propiedad de nadie en particular, no son propiedad exclusiva del Estado, del Partido o de sus directivos, sino de toda la sociedad.

Al no ser propiedad de nadie en particular, nadie tiene derecho individual a decidir lo que se convertirá masivamente en materia de atención social. El criterio principal tiene que serlo el que dicta la agenda pública. De ahí la responsabilidad de los medios de conciliar con esta última su agenda y la agenda política. De ahí también la importancia de la responsabilidad compartida, de la mirada colectiva y especialmente de la existencia de normas consensuadas, legalmente aprobadas y constitucionalmente respaldadas, que aseguren, más allá de los criterios individuales de personas sean o no militantes revolucionarios, desempeñen o no responsabilidades administrativas o políticas, el derecho de la ciudadanía a estar debidamente informada sobre cualquier asunto de interés social, que aseguren que no haya temas tabú, que no se oculte información para evadir responsabilidades, que no se desinforme, que no se confunda, que haya veracidad en lo que se publica, que exista transparencia, siempre dentro de las normas legales y de la ética profesional.

Nuestros medios de comunicación social necesitan esas normativas jurídicas para, aun en medio de las constantes amenazas y golpes bajos del Estado imperialista estadounidense y de las trasnacionales, en particular las de los medios de comunicación, así como de otros poderes nortecéntricos económicos, políticos o militares, conquistar toda la democracia posible.

En esa dirección a la sociedad cubana le falta mucho por hacer.
Es deber del Estado socialista cubano empoderar de modo ascendente a la sociedad, lo que incluye también los medios de comunicación, la actividad comunicativa.

Ese empoderamiento no puede consistir en ningún caso, trátese de los medios de comunicación social, de una empresa, un hospital o una organización social, etc., en la generación de entes que se resuman en sí mismos, que no tengan responsabilidad para con la sociedad, lo que terminaría en una suerte de privatización dentro del esquema de la propiedad social y con una actuación que contribuiría a marginarse de la ley.

Del mismo modo que la sociedad cuida su economía con el fundamento del predominio de la propiedad social y la legalidad que la ampara, mientras coexisten formas cooperativas y privadas que operan dentro de la ley, otro tanto corresponde hacer con la comunicación social.

El desafío

La sociedad cubana mantiene la oportunidad de desarrollar un modelo de comunicación social amplio, flexible, participativo y socialmente responsable en el que quepan formas no estatales de gestión de los medios de comunicación, junto a los medios gestionados estatalmente, pero unos y otros dentro de la ley, todos -sean medios tradicionales o digitales-, si tienen su sede en el territorio nacional, tienen que sujetarse a las leyes cubanas.

El creciente desarrollo y la ampliación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ha multiplicado los espacios informativos, han surgido blogs, periódicos digitales, páginas Web, espacios en los que individuos y grupos de individuos tratan los más diversos temas. Cuando eso se genere en Cuba, es deber y obligación respetar la ley. Corresponde al Estado la obligación de asegurar que todos la observen.

Ese papel del Estado en modo alguno lo convierte en “absolutista”. Cumplir con ese mandato es simplemente actuar dentro de la ley y evitar que a nombre de la libertad de expresión y de criterio se incumpla lo consensuado socialmente y establecido legalmente.
La carencia de normativas legales específicas que regulen la comunicación social, a tono con los nuevos tiempos, actualizadas frente a las nuevas realidades, socialmente consensuadas y debidamente aprobadas por las estructuras autorizadas de nuestra institucionalidad da lugar al oportunismo y la especulación, pero tampoco contribuyen a eliminar las trabas que ponen a una comunicación a tono con las necesidades sociales y las nuevas realidades, aquellos que no están en capacidad de cambiar su mentalidad.

Esas normas son hoy más que nunca necesarias.

Ellas son las que regularán no solo la actuación de los medios de comunicación social tradicionales o digitales, sino también la propia actuación de los organismos del Estado y la actuación del Partido, evitando el secretismo, la corrupción informativa, la subestimación del público y de los comunicadores, el abuso de poder, el vicio de censurar todo lo que sea de difícil comprensión o exprese un conflicto real de la sociedad, como si con su ocultación ello quedara resuelto o simplemente no existiese.

Como sucede con cualquier otro tema social, es obvio que las normas no bastan, hace falta voluntad y buen criterio. Al partido corresponde un papel activo, eficiente, en impulsar ese cambio imprescindible en la sociedad cubana para el cual están preparados los periodistas cubanos y el pueblo cubano. Y están preparados precisamente como resultado de la actividad educativa, formativa y orientadora de la revolución socialista.

La lentitud en enfrontar la nueva realidad solamente profundiza la contradicción entre las necesidades informativas y comunicacionales de la sociedad cubana actual, y la falta de respuesta política a esas necesidades.

Pueblo, medios de comunicación, periodistas, comunicadores, Estado revolucionario y partido, todos unidos en un diálogo franco, crítico y autocrítico sobre el tema de la comunicación social, procurando un entendimiento que responda eficazmente a nuestra realidad y que no abra fisuras por donde penetre el oportunismo ni la intención aviesa de dividir, de fragmentar, de lesionar la cohesión sociopolítica de la sociedad cubana, imprescindible precisamente para corregir nuestras carencias.

Considerar al Estado y al Gobierno revolucionario entes de los cual hay que diferenciarse por definición, es una actitud que lejos de cohesionar, divide. La relación de la sociedad civil con el Estado, si se considera algo que debe ser “alternativo”, implica que unas veces el asunto es “del Estado”, otras “de la Sociedad Civil”, nunca de ambos. Lo anterior en modo alguno implica, ni puede implicar, que hay que ver las cosas del mismo modo, actuar del mismo modo, pensar del mismo modo, la diferencia y la disidencia son naturales en cualquier sociedad humana, sino que significa simplemente no desunirse a priori.

El Partido Comunista de Cuba ha generalizado un debate nacional que lo incluye no solo como sujeto, sino también como objeto, como tema a discutir. Esa discusión para que sea constructiva debe partir de presupuestos veraces. En este llamado al análisis de nuestra realidad no se ha planteado otra condición como no se la de la mayor libertad de opinión y de palabra, el elemental decoro y la honestidad. Al no poner ninguna condición tampoco pide incondicionalidad. Discutir sobre incondicionalidad sería un falso problema, un desvío de los contenidos verdaderamente sustantivos que la sociedad cubana debe enfrontar y resolver en beneficio de todos.

La tarea de conquistar toda la democracia posible exige de todos un cambio de mentalidad. No todos los ciudadanos, militantes o no, dirigentes políticos o no, cuadros administrativos o trabajadores en general, han desarrollado las cualidades de tolerancia, reconocimiento de la opinión diferente o contraria, reconocimiento de los derechos. Se necesita aún mucha crítica y autocrítica en nuestra sociedad. Las ideas continúan jugando su papel junto con los acontecimientos, la batalla por una economía mejor para un país mejor marcha a la par de la batalla ideológica.

En este debate se está poniendo a prueba nuevamente el reconocimiento del partido en la sociedad cubana y su capacidad autocrítica. La sociedad cubana espera, no solo el reconocimiento de errores y deficiencias, sino junto con ello y a renglón seguido respuestas revolucionarias, eficientes para superarlos.

El momento actual, en el que nos debatimos una vez más por nuestra soberanía e independencia nacional, en el que está en marcha una guerra de símbolos y el fantasma del retroceso social y político toca a nuestras puertas de la mano del mismo imperialismo del cual nos liberó la revolución de enero de 1959, es necesaria y urgente una acción revolucionaria que ponga nuestra comunicación social, junto con el pueblo trabajador, nuestra intelectualidad, en particular el periodismo revolucionario, patriótico, antiimperialista, contrahegemónico, socialista, en la vanguardia de la batalla de ideas. No hay espacio ni tiempo para permitirnos la lentitud ni para poner en duda el imperativo de un cambio de fondo, con orden e inteligencia, en el terreno de la comunicación social.


¿Con los jóvenes o con los castradores?

Fernando Ravsberg / Cartas de Cuba / http://cartasdesdecuba.com/con-los-jovenes-o-con-los-castradores/
18 de agosto 2016

Quienes castigan a los periodistas por publicar verdades promueven la mentira, la simulación y la doble moral. Escamotean al pueblo de Cuba el acceso a la información veraz, lo cual convierte al ciudadano en un elemento fácilmente manipulable.

La Revolución Cubana, siendo apenas una niña, les dijo a los ciudadanos que no creyeran, que leyeran. Décadas después la burocracia nacida de sus entrañas parece decidida a censurar a los que escriben, para limitar a los que ya pueden leer.

Lo ocurrido al colega José Ramírez es un ejemplo aleccionador. Su pecado fue publicar íntegras las palabras de la subdirectora de Granma, donde Karina Marrón criticó la forma en que se maneja la prensa, de la cual los medios solo habían publicado fragmentos “light”.

Lo acusan de hacer pública información de una reunión de la Unión de Periodista (UPEC) y cabría preguntarse ¿por qué razón son secretos los debates de una asociación profesional?, ¿temen que el enemigo se entere de que la prensa cubana no funciona bien?

Si los medios de prensa nacionales pertenecen al pueblo, legalmente podría considerarse una estafa esconder los problemas, debates y críticas que hay en su interior al legítimo propietario, es decir a los 11 millones de cubanos que, además, los financian.

¿Dónde está el peligro de revelar lo que se debate en la UPEC?, ni que se tratara de la discusión del plan de defensa del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. ¿Qué debate periodístico podría afectar la seguridad nacional?

Acusan a José de publicar sin la autorización de Karina pero ¿debería haber pedido permiso?. Si alguien hace declaraciones de interés nacional que no quiere ver publicadas, debe aclarar que son “off the record”, de lo contrario se pueden utilizar en los medios.

La alocución proviene nada menos que de la Subdirectora del periódico oficial del Partido Comunista y fue expresada en una reunión en la que participaban decenas de periodistas y autoridades de la UPEC. ¿Por qué escondérselas entonces a la ciudadanía?

Declaran a José culpable de publicar en su blog y en las redes pronunciamientos críticos sin permiso del director del medio en el que labora. Esto es una contradicción, si se trata de una “bitácora personal”, ¿porque pedir permiso al jefe en el centro de trabajo?

Lo que parece estar ocurriendo es una extensión de la censura al ciberespacio. Empezó con una guerra ideológica contra los medios no oficiales. “Trabajan para el enemigo”, dijeron los voceros del extremismo en un recorrido por las universidades pero nadie los tomó en serio.

Los jóvenes siguieron escribiendo en esos espacios de prensa. Pero los Defensores de la Fe no se limitan, si no entienden por las buenas entenderán por las malas, así que prohíben simultanear el trabajo en los medios oficiales y en los “alternativos”.

Algunos jóvenes renunciaron a los medios no oficiales, otros abandonaron los oficiales, unos cuantos emigraron y hay quienes, burlándose de la prohibición, siguen trabajando en ambos. El poder de los censores ya no es lo que era pero no se les debe subestimar.

Adujeron que los medios “alternativos” responden a una estrategia del enemigo pero cuando dejan sin trabajo a un periodista cubano por lo que publicó en su blog personal, demuestran que “el enemigo” es una excusa para extender su poder al ciberespacio.

Ya lo habían intentado antes, cuando le cortaron al blog La Joven Cuba el acceso a Internet. Entonces el tiro les salió por la culata porque muy importantes personalidades cubanas desde dentro y fuera de la isla intervinieron para impedir que fueran llevados a la pira.

Karina Marrón no trabaja para el “enemigo” ni José Ramírez es corresponsal de Radio Martí. Son periodistas cubanos, jóvenes que se quedan en Cuba a pesar de la irracional política informativa y de salarios que no llegan a mediados de mes.

Seguramente, ellos tienen la esperanza de que el socialismo cubano pueda ser próspero y la prensa racional. Estigmatizar a los jóvenes por decir lo que piensan y publicar lo que creen los empuja a la migración más de lo que lo hace la Ley de Ajuste Cubano.

Ningún dirigente político quedará para semilla, lo más que podrán hacer es sembrarlas en las almas más jóvenes pero para germinar estas necesitan espacio, necesitan que su voz se oiga y necesitan ejercer el poder que un día, irremediablemente, estará en sus manos.

Fueron jóvenes los que se alzaron en la manigua, los que derrocaron a los dictadores Machado y Batista, los que terminaron con la Enmienda Platt, los que alfabetizaron al país, los que construyeron la biotecnología y los que curan a cientos de miles de personas por todo el mundo.

La nación no tiene nada que temer de la juventud cubana, por el contrario, debería proteger a sus jóvenes, impedir que se les castigue por ser auténticos o por pretender construir una sociedad mejor, lo cual es el más sano instinto de la juventud.

Un viejo guerrillero latinoamericano me dijo una vez que la juventud sin rebeldía es sumisión precoz. Castigar a jóvenes por ser valientes y expresar lo que piensan es dar rienda suelta a los castradores, esos que solo pueden convertir a Cuba en una nación estéril. 


Gracias, Pánfilo

Cristina Escobar / El Toque / https://eltoque.com/blog/gracias-panfilo
18 de agosto, 2016

Estudié Periodismo en Cuba. Por elección. Es la mejor profesión del mundo. También aquí.  Dos meses después de graduarme estuve frente a un micrófono en la Televisión Nacional, y yo soy solo una de tantos. He sido testigo de eventos históricos y he tenido la responsabilidad y la oportunidad de contarlo para una amplísima audiencia.

Sin embargo, confieso que me gustaría trabajar en “Vivir del Cuento”. Si tuviera talento para escribir ficción, o para hacer reír, me encantaría participar en la creación de los guiones de ese programa, el de más audiencia de la televisión cubana.

Hace continuamente lo que yo quisiera ver en nuestra prensa. Muestra las contradicciones de nuestra economía, critica al carretillero que vende comida a un excesivo precio, y relata como nadie la pesadilla que es la doble moneda. Y llega más lejos todavía: tiene entre sus invitados al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, que no se quiso reunir con la prensa nacional, pero sí asistir al programa humorístico.

“Vivir del cuento” no gusta solamente por hacer reír. Los cubanos se ven identificados con Pánfilo, el protagonista; Chequera, el amigo dicharachero; Cachita, la cuentapropista; o Chacón, el adinerado especulador. Se parece a nuestra historia de todos los días. Contradictoria, desafiante, austera, cambiante.

Pánfilo es como cualquier cubano que vive en Cuba y pertenece a esa generación, incluso a otras más jóvenes. Vive descubriendo los tiempos que cambian, le cuesta, pero va al parque a conectarse en la Wifi, y de vez en cuando se involucra en algún pequeño negocio, que suele salirle mal.

Demuestra que todavía queda nuestra más importante riqueza en la producción audiovisual: el talento de guionistas, directores y actores. Salen al aire con los mismos recursos que el más inadvertido de los programas, y sin embargo, el valor agregado que ponen sus tres guionistas, el exigente director, y sus brillantes actores, dejan claro que la televisión que gusta se puede hacer siempre que haya una buena idea bien ejecutada.

Reflejan Cuba con una narrativa que no encontramos en la prensa. Es verdad que no tienen rigores como la necesidad de acceder a fuentes siempre esquivas; no se les interpreta como el más oficial de los discursos; y al final… no importan, es ficción, no es la realidad. Y así, se llevan la audiencia que yo sueño esté a las 8 de la noche, pero realmente espera las 8:30.

La verdad, el Periodismo es lo que mejor se me da, y no me me atrevería a semejante intrusismo, pero, ahora mismo, yo quisiera trabajar en “Vivir del Cuento”. Porque no lo trajo nadie, ni es un invento desde los márgenes. Se produce y se transmite por la misma televisión que cada programa informativo. Si ellos pueden contar la Cuba que cambia, nosotros también.

viernes, 12 de agosto de 2016

A Fidel, en sus noventa

                                           por Guillermo Rodríguez Rivera

Alguna vez afirmó Fidel Castro que su mérito mayor es haber sobrevivido. Ahora que lo escribo, no sé si pensaba en él o en la revolución que forjó y dirigió por más de cincuenta años. Las dos supervivencias fueron igualmente muy difíciles y meritorias. Podría decirse que excepcionales.

Los líderes latinoamericanos que habían osado desafiar el poderío del gran capital de los Estados Unidos, habían tenido que huir de sus propios países o habían sido muertos o asesinados como retribución por la osadía. Tampoco habían perdurado los cambios sociales que llevaron a cabo.

En 1934, moría asesinado Augusto César Sandino, gran resistente antimperialista en Nicaragua, apresado a traición con sus colaboradores después de una reunión con el presidente de la nación y fusilados ante la fosa que habían cavado para ellos; en 1935, tras una delación, era cercado y asesinado en El Morrillo, cerca de Matanzas, Antonio Guiteras, que se preciaba de haber llevado a la firma de Grau las leyes más revolucionarias que dictó. Los generales Anastasio Somoza y Fulgencio Batista, fieles servidores de los intereses norteamericanos, pusieron fin a las vidas de estos líderes antiimperialistas.

En 1948, el candidato liberal a la presidencia de Colombia, Jorge Eliécer Gaitán, es asesinado en Bogotá, a días de unas elecciones que debía ganar arrolladoramente. Gaitán había sido defensor de los derechos de los trabajadores asesinados en la famosa Masacre de las Bananeras[1]. Había fundado la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria, que luego disolvió para unirse al Partido Liberal, pero llevando a él, el programa de una reforma agraria.

Seis años después del asesinato de Gaitán, era el presidente electo de Guatemala, Jacobo Árbenz, quien enviaba al congreso de su país una ley de reforma agraria que éste aprobaba, pero que claramente afectaba a la gran latifundista del continente: Mamita Yunai, la implacable United Fruit. El secretario de estado en Washington, era John Foster Dulles, abogado de la bananera, quien declaró comunista a Árbenz y con su hermano Allen, jefe de la CIA, organizó una invasión que mandaba el coronel Castillo Armas, el hombre a quien Árbenz había derrotado en la últimas elecciones democráticas que hubo en Guatemala. No volvió a haberlas en treinta años. El presidente derrocado murió de cáncer en México.

En 1964, el presidente de Brasil, el izquierdista Joao Goulart, se negó a romper relaciones con Cuba. El general Castelho Branco lo derrocó e instauró una dictadura militar con el apoyo político de los Estados Unidos, que torturó y asesinó a sus opositores y duró hasta 1985.

Goulart se exilió en la Argentina. Murió en 1976, durante la dictadura militar de Rafael Videla. La versión oficial atribuyó la muerte a un ataque cardíaco, pero a Goulart no se le hizo la debida necropsia: muchos afirman que fue envenenado como parte de las acciones del Plan Cóndor, –ideado por Kissinger, que también asesinó a Carlos Prats, el general chileno que rehusó participar en la asonada militar que llevó al poder a Augusto Pinochet. El golpe del 11 de setiembre de 1973 cobró la vida del legítimamente electo presidente Salvador Allende y, enseguida, las de miles de chilenos. Agentes del Plan Cóndor secuestraron y asesinaron en Buenos Aires al expresidente boliviano Juan José Torres.
Recién asumida la presidencia por Ronald Reagan, se inicia la guerra de los Contras en Nicaragua y misteriosamente estalló en vuelo el avión que conducía al presidente Omar Torrijos, el hombre que recuperó la soberanía del canal para Panamá.

En 1959 Fidel viajó en plan amistoso a Estados Unidos, pero el viejo macarthysta que era Richard Nixon, lo catalogó enseguida como peligroso comunista. Desde que en mayo de 1959 se aprobó nuestra ley de reforma agraria, no tuvimos paz con los Estados Unidos. Por primera vez un gobierno latinoamericano era capaz de mantener su soberanía ante el intento de injerencia norteamericana, y era apoyado por su pueblo y sus fuerzas armadas.
En sus memorias, Philip W. Bonsal, el único embajador que tuvo el gobierno estadounidense ante la Revolución, ha contado cómo advertía a su gobierno que la hostilidad contra la Revolución Cubana era contraproducente. La administración Eisenhower-Nixon topó con un líder que, en Cuba, se enfrentó victoriosamente al anticomunismo de la guerra fría.

Si Fidel, Raúl, Che Guevara, Camilo, Almeida, e intelectuales como Antonio Núñez Jiménez y Alfredo Guevara planeaban el establecimiento de un régimen socialista en Cuba, Fidel se cuidó de proclamarlo.

La guerra fría y la mentalidad anticomunista que ella generó, habría hecho inaceptable un programa socialista en los días de la lucha contra Batista en las montañas y en el llano. Para el dominio de la burguesía era imprescindible que la población aceptara la validez de su ideología.

Por encima de la mediocridad republicana, Fidel fue a apoyarse en el más alto pensador de este país. Cuando Martí escribe su última carta, en vísperas de que una bala española tronchara su vida, decía a su hermano mexicano Manuel Mercado:

     ya estoy todos los días en peligro de dar la vida por mi país
     y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con
     que realizarlo– de impedir a tiempo con la independencia de
     Cuba que se  extiendan por las Antillas los Estados Unidos y
     caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.

Y precisaba Martí:

      Cuanto hice hasta hoy y haré, es para eso. En silencio ha tenido
      que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas
      han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían
      dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.[2]  

A Fidel Castro se le ha acusado, entre tantas cosas, de haber traicionado aquel proyecto inicial de restituir la Constitución de 1940 y convocar a elecciones en 18 meses. Pero Fidel había anunciado en “La historia me absolverá”, que el Movimiento 26 de Julio se proponía hacer una revolución que enfrentara los grandes problemas de Cuba. Si no declaró desde la propia Sierra Maestra el radicalismo con que actuaría esa revolución fue sin duda porque sabía, recordando la cautela de  Martí, que esa declaración “levantaría dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

En cualquier caso, la Revolución Cubana tuvo un gran acto original (para los norteamericanos fue un “pecado original”) cuando proclamó la ley de Reforma Agraria el 17 de mayo de 1959, el día en que se conmemoraba la fecha del asesinato de Niceto Pérez, un campesino pobre, ultimado por la Guardia Rural al servicio de un latifundista. Hasta Celia Cruz celebró en una guaracha la proclamación de la ley.

La Constitución de 1940 establecía en uno de sus artículos: “Se proscribe el latifundio”, pero ninguno de los gobiernos que se establecieron bajo su vigencia, osó promulgar la ley que validara ese principio constitucional, porque los mayores terratenientes de Cuba eran empresas norteamericanas.

Los prepotentes gobernantes estadounidenses rechazaron la indemnización que Cuba iba a pagar a sus ciudadanos expropiados e iniciaron una  disputa con las autoridades de la Isla que culminó en la ruptura de relaciones con Cuba, que el gobierno de Eisenhower decidió en enero de 1961. Previamente, las refinerías estadounidenses en Cuba rehusaron refinar el petróleo que Cuba importaba y los Estados Unidos se negaron a comprar el azúcar cubano.

El gobierno de Fidel Castro dejó que la realidad probara que cualquier reforma que favoreciera a los humildes, era inaceptable para los jefes del imperio. Los revolucionarios cubanos y su pueblo advirtieron que solo la Unión Soviética sería capaz de comprar a Cuba su producción azucarera y venderle el petróleo y las armas que precisaba para sobrevivir y defenderse: en marzo de 1960, la CIA había saboteado el barco francés La Coubre, que llegó a La Habana con un cargamento de armas y pertrechos adquirido en Bélgica: dos explosiones, con un intervalo entre ambas, dejaron cientos de muertos, mutilados y heridos sobre los muelles habaneros, en los momentos en que se descargaba el buque. Fue en el entierro de esos cubanos ultimados por el terrorismo de la gran potencia, cuando Fidel lanzó la consigna de Patria o Muerte.

Desde mediados de ese propio año, el presidente Dwight D. Eisenhower había ordenado a la CIA reclutar, entrenar y armar el ejército invasor que desembarcaría en Cuba en abril de 1961, ya bajo la presidencia de John F. Kennedy. Las Fuerzas Armadas y las Milicias Nacionales Revolucionarias derrotaron a esos invasores en menos de 72 horas. Ese episodio tiene dos nombres: para los Estados Unidos es la derrota de Bahía de Cochinos; para Cuba, la victoria de Playa Girón.

Antes y después de Girón, fueron centenares los intentos de asesinato contra Fidel Castro. Pocos hombres como él han sufrido tantos planes para poner fin a su vida y a su influencia en Cuba y en el mundo. Todos se han frustrado o han fracasado.

Cuando Fidel entró en La Habana el 8 de enero de 1959 y le hablaba al país desde el campamento de Columbia, el sitio donde años atrás se produjo el golpe de estado de Batista, dos palomas blancas fueron a posarse en  su hombro. El norteamericano Tad Szulc, el reticente biógrafo de Fidel, A Critical Portrait, afirma que ese hecho insólito configuró la “deificación de Fidel” en el mismo inicio de la Revolución Cubana.

La paloma blanca simboliza la paz, pero para los cristianos es el Espíritu Santo; para los practicantes de la santería cubana, es el poder de Obbatalá, la más fuerte de las deidades, como el 1 de enero, el día del triunfo revolucionario, se consagra a Elegguá, la deidad que abre los caminos y hace posibles las empresas del hombre.

Pero al margen de esas explicaciones esotéricas, la enorme influencia de Fidel –eso que Szulc llama su  deificación–, proviene en verdad de su recuperación del frustrado proyecto martiano: los Estados Unidos se extendieron por las Antillas, hicieron una pseudo colonia de Puerto Rico y dominaron sobre todos los gobiernos cubanos hasta 1959.

Cuando apareció la figura reivindicadora de Fidel Castro, el incuestionable imperialista que fue Richard Nixon vio con claridad que un gran peligro entraba en escena. Era el hombre que había que matar, pero ha vivido 57 años desde entonces. Está por cumplir los noventa y pudo ver al jefe temporal de los Estados Unidos venir a ofrecer  una paz a Cuba, que ojalá su país sea capaz de mantener.

Creo que es el colofón de una vida consagrada a su patria y a Nuestra América.





[1]  García Márquez la recogió en Cien años de soledad.
[2]José Marti: “Carta a Manuel Mercado”, en Letras fieras , Letras Cubanas, La Habana, 1981, p. 137.